Primera parte: Reencuentros de verano.

Hola 🙂

IMG-20130819-WA0015Hace unos meses, escribí un pequeño relato titulado “Reencuentros de verano”, que si os apetece podéis leer a continuación. La escribí inspirándome en mis amigos, nuestras historias, y vivencias que nos han pasado o nos gustaría que hubiesen pasado

 

 

El verano es mi época favorita del año, da lugar a vivencias increíbles, emociones, alegrías, y penas….

..a reencuentros con amigos, familia, incluso con personas que creías olvidadas en tu vida…

Esta pequeña historia de reencuentros, podría ser la tuya, la suya o la mía. Espero que la disfrutéis.

Itziar.

(Antes de empezar, elige una buena canción para escuchar mientras lees. Os dejo una que viene perfecta para nuestra historia : Lucia )

Reencuentros de verano.

En junio en el pueblo, hacía ese calor que solo se soporta a base de ventiladores, abanicos, sombra y un buen baño en el río. Eran las nueve de la mañana y el sol ya pegaba con fuerza en la habitación de Lucía. Siempre que se despertaba bajaba la escalera dormida, acariciaba a su perro Robin, y se acercaba hasta la cocina donde estaban terminando de recoger el desayuno, sus tías Laura y Ana, su madre María y su abuela Rosa. Lucía entró en la cocina con un tímido “hola” que nadie escuchó.

-¿Cómo se dice Lucía? –le regañó su abuela Rosa

– Buenos días abuela. –Contesto Lucía.

– Así mejor hija, buenos días para ti también. – dijo Rosa. 

María, su madre, ya tenía preparado el desayuno para Lucía, la cual esperaba sentada en la mesa-camilla del salón, junto a la pequeña ventana por la que se colaba una agradable brisa. En temporada estival, las ventanas y balcones de la casa estaban de par en par, tapadas con cortinas para que no entrase el sol de justicia que hacía ya a esas horas, de tal forma que el bullicio de la calle irrumpía con más fuerza. Dentro del griterío, y ruido de los coches, se oía una melodía procedente del violín del vecino Lucas, él cual se ponía a ensayar en el balcón todas las mañanas de verano.

– Está Lucas ensayando, Lucía -Grito su madre desde la cocina.

– Si mama, lo estoy escuchado -Contestó Lucía

– En vacaciones esto no son horas de ponerse a tocar. Puede molestar a los vecinos. – Replico su tía Ana.

– No te quejes Ana, es una melodía preciosa, peores son los ruidos de los coches y motos desde bien temprano. Con el sonido del violín una se despierta de mejor humor, aunque veo que todas no. – dijo la abuela entre risas.

Mientras Lucía desayunaba, sus tías y su madre se fueron despidiendo una a una hasta quedarse sola con su abuela. Esas mañanas de verano con ella eran especiales. Rosa compartía experiencias vividas, que Lucía escuchaba con gran atención, pues le fascinaba la vida tan intensa que había llevado.

Como siempre puntual a las cinco de la tarde estaba en casa de Lucía, Rodrigo, su mejor amigo y confidente, y él cual era casi como de la familia. Hoy tocaba ir solos al río, ya que el resto de amigos se había adelantado y ya estaban allí. Rodrigo abrió la puerta.

-¿Lucía? – Dijo Rodrigo

-Sí, sube Rodri, ya casi estoy. – gritó Lucía desde el segundo piso.

-Hola Rosa, ¿Qué tal estas? me ha dicho Lucía que el brazo ha mejorado mucho estos días. Mi abuela Isabela te manda recuerdos, dice que cuando vuelva de Madrid pasará a verte. -dijo Rodrigo.

-Gracias querido, estoy mucho mejor. La verdad es que no sé cómo pudo pasar, pero la escalera plegable se balanceó y caí de la manera más tonta. Dile de mi parte a Isabela que estaré encantada de volverla a ver, y que me cuente sus aventuras en la gran ciudad. -bromeo Rosa.

En ese momento bajo las escaleras Lucía con la mochila para marcharse, pero antes pasó por la cocina donde le habían dejado la toalla y junto a ella una nota que decía: “Te he preparado la merienda. Laura”. A pesar de haber crecido y ya se estuviese convirtiendo en una mujer, su tía Laura se resistía a cambiar, es por ello que seguía preparándole un bocadillo para la tarde. Cuando hubo terminado de guardar todo fue hacía el salón donde aguardaba Rodrigo sentado en el sofá con Rosa, quienes mantenían una amigable conversación.

-Estoy lista Rodri, ¿nos vamos? – preguntó Lucía

-Si vámonos, Miguel, y Andrea ya están de camino- contesto Rodrigo.

-Adiós abuela, no te preocupes que volveremos sanos, salvos y a hora. – dijo entre risas Lucía.

-Vale hija, ya sabéis que hay que tener cuidado, y nada de meteros después de comer el bocadillo esperad a que os haga la digestión. -replicó Rosa.

Rodrigo y Lucía salieron de casas entre risas porque su abuela todas las tardes de verano le decía lo mismo. El camino al río era corto, aunque muy caluroso, por lo que estaban deseosos de llegar y pegarse un buen baño. Al llegar a la zona de las toallas, se encontraron con Miguel que venía corriendo para secarse al sol. Era un chico delgado de piel muy blanca, de gran carácter y a veces bastante travieso, aunque una persona buena en la que confiar y además uno de los mejores amigos de Lucía.

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-¡Por fin llegáis! ¡Ya son horas! -le regañó Miguel.

– Con este calor, vamos a paso de tortuga, ya sabes… -respondió Rodrigo

-¡Venga Rodri, Lucia, dejad de hablar y venid al agua se está genial!- Gritó Andrea desde la piscina. Ella era un año más pequeña que Lucía, aunque no lo parecía, ya que de estatura eran iguales, una chica entrañable y cariñosa.

– ¡Hola chicos, ya estoy de vuelta! -dijo una voz detrás de ellos. Era la voz inconfundible de Ariadna, una de sus amigas, de carácter tímido pero que cuando se dejaba llevar era todo un torbellino. Ella había estado fuera con su familia y venía a darles una sorpresa.

-Aaaah! ¡Ya has vuelto! ¡Qué sorpresa!- gritó Lucía, feliz por el reencuentro.

-¡Qué calladito te lo tenías! Hoy al ver a tu abuela, le pregunté por ti, pero me dijo que venías la semana que viene.- dijo Rodrigo dándole un abrazo.

-Tenía miedo de que metiese la pata, pero al final ha sabido guardar el secreto. – contestó Ariadna.

Cuando dejaron todo se fueron directos a nadar. Pasaron una tarde estupenda entre risas, confidencias y el rico solecito de aquel verano.

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A las ocho de la tarde emprendieron la vuelta a casa, para llegar a tiempo de cenar. La primera era la casa de Andrea, y así sucesivamente hasta llegar a la de Lucía, la penúltima parada.

Al entrar en casa, se encontró con otra sorpresa, sus primos, Julen y Begoña, ya habían llegado para quedarse durante el verano en casa. Begoña un par de años mayor que Lucía, era muy inquieta y con las hormonas revolucionadas. Por otro lado Julen, ya había pasado esa época y las veía como las “niñas”. Durante la cena estuvieron poniéndose al día, risas y algún que otro pique entre los hermanos.

Cuando terminaron de cenar, las primas bajaron un rato a la calle a sentarse al fresco con los amigos. Allí estaban, el cuarteto de amigos Andrea, Rodri, Miguel y Ariadna. Más tarde bajó Julen, se acercó hasta la casa de Lucas, y ambos se despidieron del grupo.

-Nos vamos al parque un rato, ha venido toda la tropa. -dijo Julen que se alejaba con Lucas entre risas y cuchicheos.

-Vale, luego vamos un rato. -contestó Begoña.

-Espero no verte el careto en un buen rato hermanita -replicó Julen.

-Lo mismo digo…idiota!-dijo Begoña entre dientes.

Empezaban bien las vacaciones para ambos, siempre “a la gresca”, aunque en el fondo se querían como grandes hermanos que lo eran.

Más tarde, el grupo de amigos antes de ir hacía el parque pasó por el bar más cercano para hacerse con botellas de agua y pipas, pues era el mejor kit para sobrevivir a la cálida velada. Al llegar cruzaron la puerta de hierro que daba la entrada a un gran parque lleno de majestuosos árboles, bancos, zonas de recreo para los más pequeños (columpios, toboganes…) y un gran mirador, que por las noches se convertía en el mejor rincón para contemplar las estrellas, para esos primeros besos; confidencias; y en definitiva el lugar perfecto para estar en una noche como aquella.

Al entrar, apenas se podía ver nada en la penumbra. No obstante, Lucía se fijó en un grupo de chicos que había en el acceso al mirador, aunque casi ninguno se inmuto, hubo uno que le resultaba familiar. Como era costumbre, todos los presentes estaban sentados e incluso tumbados en el suelo contemplando el cielo plagado de estrellas, que según decía Begoña, era el más bonito que había visto nunca.

Mientras pasaban la noche entre chistes e historias, Lucía seguía pendiente del chico misterioso con cara familiar de la entrada. Quería verificar sus dudas, por lo que después de mucho pensarlo, se dispuso a comprobarlo. Con la excusa de llenar los botellines de agua vacios, se acercaría hasta la entrada donde había situada una fuente, y desde allí vigilarle.

-Voy a por agua, ¿alguien quiere que le llene la botella? -preguntó Lucía, deseosa de que alguno dijese que sí.

-¡Si, llena la mía por favor! -respondió Andrea.

-¡Perfecto! pensó Lucía, por lo que se levantó, cogió las botellas y se fue hacía allí. El camino hasta la fuente se le hizo eterno, le sudaban las manos, y las piernas le temblaban como si fueran gelatina. Al llegar cogió las botellas, y con disimulo se puso a mirar. Y allí estaba él. Con su pelo moreno, su amplia sonrisa, y su carácter tímido, que para ella resultaba tan interesante y encantador. Y sí, no había dudas, tenía que ser él.

– ¡Qué cambiado está! ¿Está más guapo? ¿Más mayor? ¿Más grande? ¿Más..? -se preguntaba. De repente algo la sacó de aquella nube, era el chorro de agua que salía de la botella. Lucía pego un grito, se había mojado toda la cara y la camiseta. Llamó la atención del grupo de chicos y parte del parque se giró para mirarla. Muerta de vergüenza cogió los botellines y se marchó en dirección al lugar donde se encontraban sus amigos.

-Sí que has tardado, ¿Dónde has ido a por agua? ¿A casa? -preguntó irónicamente su prima.

-Nada, que el grifo estaba medio roto y me he mojado la camiseta -respondió nerviosa.

Se oyó una carcajada conjunta por parte del grupo. Lo que menos necesitaba ahora era ser el centro de atención, es por ello que intentó calmarse e integrarse otra vez en el grupo, escuchar las historias que contaban sus amigos, y así evadirse del bochorno que había sufrido.

– ¿Os acordáis de aquel día que fuimos a descubrir “tesoros”? -Preguntó Rodrigo.

– Si, si, nos creíamos exploradores y solo nos habíamos alejado de casa unos metros. – respondió entre risas Miguel.

Pasadas dos horas, era momento de recoger e irse a casa, aunque la noche era cálida y apetecible, el día de emociones tenía que llegar a su fin. Begoña, su prima, decidió quedarse con unas amigas que estaban en el parque, así que Lucía se fue sola. De camino iba despidiéndose de los amigos que tomaban dirección a sus respectivas casas. Mientras tanto ella no podía para de hacerse preguntas, ¿por qué ha vuelto? ¿qué hace aquí? Después de todo…

-A ver Lucía, no le des más vueltas. No pudiste hacer nada. -se dijo.

Cuando Lucía estaba a punto de cruzar la esquina para llegar a su casa, notó que alguien le seguía.

-Lucía…-Susurraron tras ella.

No lo podía creer, tenía que ser él, pero después de tanto tiempo, ¿por qué? Se giró y sí, era él. 

Era Pablo.


¿Qué os ha parecido? Espero que os haya gustado!

Feliz semana 🙂

MM

 

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